Cuando comenzamos a andar por el -escabroso- camino de la vida hay una idea que se hace cada vez más asidua y poderosa en el pensamiento: la de empezar a hacer cosas para alcanzar, como nuestros padres, ese Santo Grial de “tener la vida resuelta”.
La mayoría de la personas consideran que se ha llegado a ese punto cuando uno tiene un trabajo estable, una pareja que le quiere, unos hijos buenos y cariñosos, unos amigos que le aprecian, una casa en la que se cobija, un coche en el que confía… Tener la vida resuelta, en fin, se reduce en la práctica a tener.
De ello se desprende que, hasta que no se tienen todas esas cosas (para unos unas, para otros otras) la vida no está resuelta. Es algo así como una enorme ecuación en la que, con esfuerzo, hay que ir satisfaciendo todas las incógnitas. El caso es que, a diferencia de las ecuaciones matemáticas, la resolución de la vida requiere de vigilancia; si yo calculo que la velocidad de un tren A es de 85 Km/h, cuando vuelvo de tomar un café sigue siendo de 85 Km/h. Sin embargo, cuando vuelvo de mis vacaciones, puedo haber perdido mi trabajo. O pueden haber desvalijado mi casa. Vaya faena.
Hay otro enfoque más heroico, el de “ganarse la vida”; viene a ser algo así como conseguir seguir vivo día a día sin que la vida se cebe demasiado en uno, intentando de paso gozar de algún que otro pequeño placer, y que me quiten lo bailado, que esto son dos días. Es como la audacia cotidiana de robarle la cartera a la vida, de ganarle la batalla. Se destila de ello entonces que todos nacemos, como diría el bueno de Kant, con la vida perdida a priori. Pues vaya.
Si se tratase simplemente de conservar el estatus de ser vivo, está claro que todos fracasamos tarde o temprano, como demuestran los registros funerarios. Si se trata de atesorar bienes sociales y financieros sobre los que erigirnos, la labor de vigilancia requerida hará que dejemos de ser personas para convertirnos en guardianes de nuestra propia persona, y que en el celo de la guardia estemos más pendientes de aferrar nuestras cosas que de saborearlas. Si se trata de ganarle la partida a la vida, la amenaza continua de la derrota nos condicionará cada pensamiento. Tanto si el enfoque es resolver como ganar la vida, los resultados conseguidos no parecen muy sólidos, cómodos o duraderos. Y en ningún caso, permanentes. Dan lugar a una vivencia en continuo conflicto.
El Zen arroja luz sobre este turbulento asunto, descorriendo las cortinas a la mente empañada. Te enseña que, por el simple hecho de que existes, tu vida está ya resuelta, completa, realizada y ganada. No hay nada que debas hacer para mejorar o ganar tu vida, y no debes preocuparte porque creas que empeore o incluso la pierdas. El reto desaparece, la vigilancia se torna innecesaria. El triunfador no es más que un cómico, y el perdedor un pobre despistado. El cambio no atenta contra la grandeza de la vida, sino que es precisamente aquello que le aporta su profunda naturaleza. Si estás en comunión con el cambio, vivirás plenamente cada instante, percibiendo la armonía de todas las cosas que cambian aquí y ahora.
¿Cómo es entonces que hay tanta gente que sufre en su experiencia cotidiana?
Por que una cosa es que la vida esté ya completa, y otra llegar a comprenderlo.